Ahitana Clemente tiene 15 años y está empezando a vivir lo que siempre soñó en el básquet, aunque también está aprendiendo todo lo que cuesta sostenerlo.
Su recorrido empieza en el Club Estudiantes, en Tucumán, un lugar que ella todavía nombra con pertenencia. “Es mi casa. Ahí aprendí todo; a jugar, pero también a esforzarme, a quedarme después de entrenar y sobre todo a no rendirme”, cuenta, con algo de timidez, en diálogo con LA GACETA.
En ese club se formó como jugadora, pero también como persona. Sin apuros y respetando procesos creció con naturalidad. Y antes de que el básquet se volviera su camino definitivo, hubo otro deporte que le dejó una marca imborrable. “En el Argentino de cestoball Sub 14, en 2023, metí el punto para salir campeonas faltando tres segundos. Fue uno de los momentos más lindos que viví”, recuerda.
Ese instante, más que un título, fue una confirmación y con el tiempo, el básquet empezó a ocupar cada vez más espacio. Su altura (mide 1,76 metros), su rol de base y su capacidad anotadora la fueron posicionando en selecciones tucumanas y en un nivel que ya pedía otro desafío. Sin embargo, no hubo decisiones impulsivas.
“Lo hablamos mucho en familia. Siempre tuvimos claro que no había que apurarse, que todo tenía su momento”, explica.
El momento llegó y tuvo fecha exacta: 3 de enero. Ese día dejó Tucumán para sumarse a Bochas de Colonia Caroya y empezar a vivir la Liga Nacional. “No fue fácil. Dejé mi casa, mi familia, mis amigas… todo. Pero sabía que era una oportunidad que tenía que aprovechar”, dice.
El salto no es sólo de categoría; sino de vida. Nuevas rutinas, mayor exigencia y, sobre todo, otro ritmo. “La Liga es muy distinta. Todo es más rápido, más físico y más exigente. Tenés que adaptarte todo el tiempo”, describe.
Su debut fue breve; sólo jugó dos minutos. Pero para ella tuvo otro peso. “Capaz desde afuera parece poco, pero para mí significó muchísimo. Era lo que venía buscando desde que llegué”, asegura.
Desde entonces, su crecimiento fue progresivo; sin estridencias, pero firme. “De a poco fui ganando minutos, confianza. Aprendiendo en cada entrenamiento y en cada partido”, cuenta dejando en claro que hay algo que todavía le cuesta dimensionar. “Antes veía a muchas de las jugadoras por redes sociales y hoy estoy compartiendo la cancha con ellas. Es un sueño que estoy viviendo día a día”, dice.
Pero no todo pasa por el básquet. Hay una parte de la historia que pesa tanto como el juego. La distancia apareció como un rival más en la historia. “No es fácil estar lejos de mi familia. Se extraña mucho; hay días que cuestan más que otros”, admite.
El desarraigo, otro rival en la vida de la joven Ahitana
Eso sí; la adaptación también implicó construir una nueva vida. “Vivo con otras chicas que están en la misma que yo, lejos de sus casas. Eso ayuda mucho, porque nos acompañamos entre todas”, cuenta.
Mientras tanto, del otro lado, su familia sigue presente como puede. “Hacen un esfuerzo enorme para acompañarme. Cada vez que pueden vienen; o voy yo y eso se disfruta muchísimo más”, dice.
En este recorrido, Ahitana no se olvida de quienes la trajeron hasta acá. “Estoy muy agradecida con mis entrenadores, con Estudiantes, con Bochas y con Luciano Saran por darme esta oportunidad”, remarca.
A su edad ya atraviesa una experiencia que muchas veces se sueña sin entender del todo lo que implica. Pero ella parece tenerlo claro. “He dejado muchas cosas por este sueño, pero sé que voy por el camino correcto”, afirma, mientras intenta dejar un mensaje que pueda servirle a las chicas que sueñan con seguir su camino. “Que no dejen de intentarlo, que trabajen y que sean constantes. Los sueños llegan si una hace lo que tiene que hacer”.
Mientras tanto, Ahitana mira hacia adelante pero no se pone límites. “Esto recién empieza. Quiero que esta sea la primera de muchas temporadas en la Liga Nacional”, cierra con el sueño firme y con el objetivo de conseguir cada uno de los objetivos que alguna vez pensó. (Producción periodística: Carlos Oardi)